Desde que se inició la historia humana, así la registrada como la olvidada, se ha considerado al poeta no solo como un decidor de ideas profundas y palabras hermosas, sino también y más que nada, como un vidente, un profeta. Como alguien que a través de sus versos da una vislumbre de lo que nos espera mas adelante, de lo que habrá de venir, sea maravilloso o catastrófico. La poesía, como puerta que se abre al misterio, a lo mágico, parece que ya no es vista así.
La idea del poeta como transmisor o exponente de un mensaje considerado divino fue muy común en la cultura greco-latina. Se leían o escuchaban los poemas de Homero, Hesíodo, Virgilio y Horacio, como señales venidas de lo alto- en este caso los dioses o a divinidad-, que hablaban por vía de los poetas o vates. La palabra latina para poeta fue vate, el que vaticina. Esto lo explicó Platón, a su manera, en uno de sus diálogos, cuando dijo que el poeta es un mensajero de lo que las deidades quieren dar a saber. Solo que aclaraba que el poeta no era divino por si mismo: esto es, que el poeta no es un dios, sino que es el dios que habla a través del poeta.
Platón demostraba (curiosa demostración, vista desde la perspectiva actual) que el poeta solo era un medio y nada tenía que ver con el mensaje, al afirmar, al afirmar que todo poeta suele ser una persona común y corriente cuando no está diciendo o escribiendo versos. En cambio, en el momento en que baja hacia él la musa poética, ese ser, como cualquier otro, insignificante y sin aptitud para casi nada, se transforma en un coloso. Pero es que los dioses están hablando desde él, en ese instante privilegiado de la creación poética. Al concluir sus versos, el poeta deja de ser poeta y vuelve a caer en la insignificancia.
Un enfoque todavía más religioso y místico fue el papel del poeta entre los hebreos del Antiguo Testamento. No se le llamaba poeta sino profeta. Isaías, Ezequiel, el rey David y muchos otros se expresaban en verso y daban a saber las profecías, esto es, lo que Dios mismo proclamaba a su pueblo. El libro del Apocalipsis, aunque ya perteneciente a la época cristiana, es un ejemplo perfecto de ese ensamble de mensaje lírico y divino. En la actualidad ya no leemos ni a los poetas grecolatinos ni a los bíblicos como emisarios de Dios, pero es factible reconocer en ellos la fuerza poética, el ímpetu rítmico, la belleza de lenguaje que caracterizan a quienes son realmente poetas.
Al margen de esa posesión divina o demoníaca – o las dos cosas – de que habla Platón, el poeta declaraba lo que nadie mas que él podía ver, vislumbrar o entender, aunque a veces se decía que ni él mismo entendía lo que estaba diciendo.
Durante la Edad Media continuó esta idea del poeta como transmisor de lo divino, incluso a nivel de poesía profana. Solo que el clero ya no aceptaba con facilidad el hecho de que el poema fuese una manera de recibir anuncios divinos, ni siquiera cuando el poeta era también sacerdote. ¡No sea cosa que el mensaje no proviniera de lo alto, de Dios, sino, lo que parecía más seguro, del Diablo…!
Entonces se dio la tendencia a ya no ver a los poetas como divinos o tocados por lo do divino, sino mas bien como una especie de chiflados, a quienes se les toleraba por la buena factura de sus versos. Y como la mayoría de estos eran de amor, había que dejarlos ser, mientras no fuesen un peligro para la religión. Que sí lo eran, porque los poetas se referían a las mujeres como si ellas fuesen Dios (en realidad lo son) pero los sacerdotes estaban mas ocupados en la disciplina eclesiástica y la teología que en el amor de la mujer. Fray Luis de León fue condenado a prisión por haber traducido “El Cantar de los Cantares” del hebreo al español ( ninguna parte de la Biblia podía traducirse a lengua “no sagrada”) no porque se tratara de un poema de amor.
Vamos a interrumpir aquí esta interesante crónica sobe la visión y misión de los poetas. Me apoyé para este artículo, en una crónica escrita por Luciano Pérez. Publicado en “Alforja”, Revista de Poesía Nº 34, del Otoño del 2005 y que dirigía nuestro amigo, el poeta José Ángel Leyva.
Prometo continuar sobre este tema que me parece sumamente interesante.
Adiós amigos, hasta la próxima.






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