Una amplia variedad de estilos y sabores reúne la edición XX de la Feria del Tamal, que se realiza en el Museo Nacional de Culturas Populares (MNCP) desde anoche y hasta el próximo 2 de febrero, con motivo del Día de la Candelaria.

En este encuentro gastronómico participan 35 productores de distintos estados de la república, como Puebla, Chiapas, Michoacán, Oaxaca, Guanajuato, Morelos, Veracruz, Hidalgo, Yucatán, Tamaulipas, Tlaxcala, Coahuila, Estado de México y Distrito Federal.

De acuerdo con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), a ellos se suman representantes de países como Bolivia, Chile, Colombia, Guatemala, Honduras, Argentina y Nicaragua, quienes promueven en el paladar mexicano sus sabores tradicionales, mismos que son un reflejo de los recursos con que cuentan sus regiones de origen.

En este sentido, los tamales de Argentina, por ejemplo, incluyen una variedad preparada con arrachera; los de Perú, plátano, y los de Colombia son condimentados con café.
No obstante, los tamales son hechos a partir de la misma combinación de ingredientes: maíz, frijol, calabaza, chile, tomate, ajo, cebolla, epazote, y los más antiguos, con manteca de cerdo.

Mientras que las versiones más modernas han sustituido la manteca con la mantequilla, lo cual los hace más ligeros sin perder su sabor y, por tanto, ocasionan menos complicaciones digestivas a quienes los consumen.

Dulces o salados, de rajas con queso, de frijol, verdes, rojos, de mole con pollo o carne de puerco, de chocolate, piña o nata se reúnen en esta fiesta de sabores que forman parte esencial de la cultura tradicional de México; su existencia es más antigua que las tortillas y están relacionados a ritos dedicados a sus deidades.

Para los primeros pobladores, el maíz era símbolo generador de vida, de identidad, de esencia religiosa y espiritual, espíritu que aún prevalece en algunas culturas, pero que en la sociedad actual representa parte de la tradición y, sobre todo, un delicioso manjar que sí es digno de los dioses.