La semana pasada tuve la oportunidad de almorzar con un excelente amigo, en uno de los restaurantes con mayor tradición en la ciudad de Cuauhnáhuac. Lo conocí hace ya varios años, muchos diría yo, pudiendo traer a la memoria a tantos y tantos personajes nativos y arraigados en Cuauhnáhuac, todos reconocidos por una sociedad que hasta los setentas aún se conservaba unida.
El nombre de Enrique Hernández Ruiz quizá no le indique con exactitud de quien se trata, pero si le digo que es ni nada más ni nada menos que “El Camarón” entonces lo haré recordar aquellas tardeadas en el salón Imperial, o los fastuosos bailes del salón de las columnas del extinto hotel Casino de la Selva, donde con estruendo pero mucho profesionalismo interpretaban melodías rocanroleras los integrantes del grupo “Los Driffters”. Enrique trajo a la palestra a numerosas estirpes de la calle de Guerrero, donde el mismo vivió por tanto tiempo, evidentemente con su señora madre, la inolvidable, querida y estimada maestra Ma. Elena Ruiz Von Salis, de quién por cierto un jardín de niños de la zona oriente del estado lleva su nombre. Familias de personajes como don Manuel Gándara Mendieta y la profesora Coty Vázquez; Lalo Garduño seleccionado nacional olímpico de futbol; todos y cada uno de los Güemes, reconocidos por muchos; el arquitecto Miguel Betanzos y como no, los carpinteros Lupe Díaz y Macedo.
Estuvimos compartiendo mi amigo y yo un par de horas que se fueron sin sentir con mucha alegría, saliendo del lugar reconfortados y con tristeza me pregunté ¿Cuándo nos volvimos antropófagos?; ¿Cuándo y en qué momento empezamos los cuernavaquenses a faltarnos al respeto?; ¿Que motivó que nos dividiéramos y compitiéramos entre nosotros mismos agrupados en diferentes facciones de paisanos y amigos? ¿Qué motivó que el platillo favorito del cuernavaquense, fuese “cuernavaquense al mojo de ajo” De repente ya no nos alegrábamos que alguien del terruño triunfara. Como aquel orgullo que sentíamos cuando veíamos a la “Toroka” Víctor Mendoza triunfar en el América o a Cruz Portugal debutar en la plaza México; o escuchar que la estudiantina Minerva resultaba campeona nacional en el concurso de la cerillera La Central.
Aquella alegría que nos hinchaba el pecho al echar porras a los seleccionados nacionales de volibol de apellido Borja. O aplaudir a las galletas Rebollo, también seleccionadas de basquetbol. El diálogo cambió a la denostación, la burla y la descalificación inmediata: -¿Ya sabes quién es el nuevo secretario de esto?-preguntábamos irónicos. -¡No!, ¿quién?- respondíamos. -¡Pedro González!- decíamos casi con sorna. -¡Pero cómo, si es un pobre tarugo!- afirmábamos dueños de la verdad absoluta. -Así hasta yo puedo ocupar ése puesto- ratificábamos. Ya no sentíamos orgullo sino pena. El canibalismo se imponía. Y eso inevitablemente fue haciendo que nuestra identidad, la de los cuernavacos de adeveras se fuese extraviando.
Recibí un correo firmado por una compañera del grupo “Identidad Morelos” respecto a que la globalización nos ha hecho hasta ciertos puntos inhumanos. Maru Rojas dice: “Yo opino que no es inercia mental (que además se siente despectivo) sino la dinámica en la que creo que todos los del grupo vivimos y que nos impide a veces reflexionar sobre estos temas que efectivamente son de actualidad y trascendentes pero que se necesitan estudiar para no hablar por hablar o repetir lo que otros dicen. Nuestro grupo se formo con la finalidad de reforzar nuestra identidad, recordando nuestras vivencias con nuestras familias, amistades, compañeros de escuela, vecinos, etc.; como lo sugirieron, con fotos, con historias, con reuniones, donde nos identifiquemos con un pasado en común del cual todos podemos aportar y decir algo, y al mismo tiempo analizar todo lo nuevo , lo moderno , y hacer conciencia de temas como este de la globalización, y que ésta, es producto de los nuevos avances tecnológicos que tienen influencia en los comportamientos , los valores, la educación que son elementos que conforman la cultura.”
La polarización en la que nos envuelven las campañas político-electorales, termina dividiéndonos trascendentemente y sin darnos cuenta. El peligro del pluripartidismo también nos coloca en una dinámica de discusión y competencia que concluye hasta en broncas familiares. Los candidatos logran su cometido y al término de su chamba política, se van y nosotros los carnales de toda la vida, ya tenemos heridas muy profundas por todo lo que nos ofendimos durante el proceso de campaña. Me preocupa y duele que en la calle, ya no nos demos los buenos días como cuando sonaba el silbato de la fábrica de textiles Morelos aquellas mañanas, en aquella Cuauhnáhuac, con aquellos amigos, en aquella confraternidad cuernavaquense, que está en nuestras manos recuperar.


No me cabe en la cabeza que hace este tipo ignorante pretendiendo darnos clase de historia. Este señor ideologiza la historia a su priísta conveniencia. Por favor que regrese el historiador Jesús Zavaleta ese tipo si vale la pena.