
Sea retórica la facultad de considerar en cada caso lo que cabe para persuadir.
Aristóteles, Retórica, I, 2.
La retórica era llamada en griego téjne rhetoriqué, término que en latín se conservó como rhetorica pero en Roma se prefería el uso de la expresión Ars oratoria (Arte oratoria) o Ars bene dicendi (Arte del bien decir). En efecto, era un arte, el arte de persuadir a través de palabras, el arte de convencer a un grupo diverso de oyentes. Ambas palabras, retórica y oratoria, remontan su origen al habla; fue posteriormente que los discursos se fijaron por escrito, en un estilo más pulido que con el que se pronunciaban, pues ya no se contaba con recursos presenciales como la gesticulación y la entonación, entre muchos otros. Avanzando en el tiempo, el sentido de la palabra se amplía a otros tipos de lenguaje y ahora se habla incluso de retórica de la imagen, porque como usted sabe, querido lector, “una imagen vale más que mil palabras”.
La retórica era un saber muy valorado en la antigüedad, un arte que debía aprenderse y manejarse lo mejor posible. En las escuelas de retórica se hacían ejercicios mediante los cuales se buscaba convencer de algo a los oyentes, por ejemplo que alguien era deshonesto, y después, en la segunda parte del ejercicio, convencerlos de lo contrario. Por supuesto que la retórica no se limitaba sólo a esto, suponía la conjunción de muchos factores y habilidades.
Los grandes estadistas, los abogados, los estrategas sabían el valor de este arte y lo cultivaban como parte esencial de sus cualidades. Pensemos en la arenga de un general ante sus soldados en los minutos previos al combate; de su capacidad de persuasión, de la fuerza y exactitud de sus palabras, dependía en gran medida el resultado de una batalla. Quizá vengan a su mente escenas cinematográficas que son nuestro referente para estos casos (Corazón valiente, Troya, Gladiador y un largo etcétera). Continuemos con esas imágenes en nuestra mente. Sin duda también recuerda algún momento crucial en una historia en la que el discurso de alguien, ante un jurado por ejemplo, logra dar el giro anhelado durante toda la película: palabras cuyo efecto conmueve a los asistentes, incluso a los que están del otro lado de la pantalla.
Los políticos de todas las épocas han usado la retórica, especialmente si están en campaña, aunque es cierto que cada vez menos como un arte y más como un mero recurso propagandístico en el que las rimas simplonas y las frases hechas sólo buscan quedarse como cantinelas en la memoria de los votantes. En sus discursos es importante lo que se dice y cómo se dice pero lo es aún más lo que no se dice, lo que se queda en el aire; eso que es susceptible a múltiples interpretaciones, o, en el peor de los casos, eso que pasa desapercibido pero que de manera inconsciente pervive en nuestra mente.
Analicemos dos ejemplos escuchados en el desfile de candidatos en campaña.
- “Yo no tengo compromiso con nadie… excepto con la gente”. Usted, ¿qué nota aquí?
A primera vista parece una frase apropiada, inofensiva. ¡Qué bueno que este candidato no tenga compromisos con nadie!, ni con los del poder, ni con los ricos pero, ¿cómo podríamos confiar en quien tampoco está comprometido ni con su país, ni con su partido, ni con sus valores? Ahora bien, en la segunda parte nos aclara que hay una excepción: es decir que sí está comprometido con alguien, “con la gente”. ¿Usted podría saber sólo con eso a qué gente se refiere? Yo no. Tal vez se refería a la gente del pueblo, pero nada nos garantiza que sea así. Entonces, ¿qué nos quiso decir este candidato?
- Un caso más: Después de descalificar a sus contrincantes mostrándolos como delincuentes, mentirosos, malos gobernantes, un candidato dice “Yo no soy como ellos”… ¿Qué es lo que no se dice en esta expresión?
Ellos son los malos, el candidato no es como ellos; por lo tanto, ¿es bueno? Mmm, no necesariamente. Ese “yo no soy como ellos” puede significar “yo soy peor”, pero quien lo escucha (o lee) puede quedarse sólo a la mitad del camino y asociar a dicho candidato con el bando de los buenos; decide votar por él y después se siente traicionado porque el candidato “le falló”. Pero, ¿el candidato es el único causante de esa interpretación equívoca? Recordemos que él dejó “a medias” la expresión, nosotros fuimos los que la completamos.
Sin duda, querido lector, usted tiene en mente más ejemplos. Analícelos, algo interesante saldrá.
A final de cuentas, los políticos están en su papel proselitista, ellos buscan persuadirnos para que les demos nuestro voto; en nosotros está la labor de escuchar con atención lo que se dice pero también de estar atentos a lo que se oculta en sus palabras. Identifiquemos las estrategias lingüísticas de los políticos y no estaremos en desventaja frente a su retórica; esto también es parte de nuestra decisión y responsabilidad como electores.
“Cada pueblo tiene el gobierno que merece” reza una lapidaria frase. El voto es la expresión de nuestra voluntad.





Hola, mi Estimada Maestra:
¡Qué gusto poder leer nuevamente otro escrito en su sección!
Nuevamente agradezco el que comparta con sus lectores un poco de su gran sabiduría, ojalá y fuera más frecuente el poder disfrutar de este placer.
Un saludo.
Hola, Ericka:
Excelente análisis. Es una pena que tengas tan poco espacio para él. Aun así, resulta sobresaliente por lo claro, por los ejemplos y porque se nota que te esforzaste por llegar a las personas.
Es maravilloso ver que no todos los maestros de clásicas se “rajan” a la hora de defender el idioma.
Te mando un abrazo y mis más sinceras felicitaciones.
Cristián Maya Velázquez
Gracias, Cristián:
El mundo de los clásicos es tan apasionante, tú lo sabes, que siempre quedarán muchas cosas por decir. Pero afortunadamente también siempre habrá en mí mucho entusiasmo y pasión por seguir compartiendo y difundiendo toda su riqueza
.
Gratias iterum!