Ha dado inicio. Estamos inmersos en la campaña electoral rumbo al 5 de julio, día en que ejerceremos nuestro derecho al voto para elegir diputados locales y representantes de los Ayuntamientos. Un derecho que es al mismo tiempo una obligación.

Somos testigos ya de las caravanas automovilísticas, de la invasión de calles y paredes con nombres, colores y rostros que buscan atrapar nuestra atención y quedarse en nuestra memoria. Y qué decir de la pasarela en los medios de comunicación de los candidatos y sus propuestas.

Y esto apenas está comenzando. Durará casi dos meses; así que pongámonos atentos y adentrémonos en el lenguaje de los políticos, y específicamente de los políticos en campaña: conozcamos un poco de la historia de esas palabras que escucharemos continuamente en los días porvenir.

Daremos inicio con una palabra que nos llevará hasta la Roma republicana para rastrear el origen, esto es la etimología, del vocablo candidato. Candidatus en latín designaba a aquel que vestía una toga de color blanco (que se decía candidus), especialmente cuando aspiraban a algún cargo público. El color de la prenda tenía como finalidad mostrar la moral sin mancha de los aspirantes. Existía la expresión candidatus Caesaris, candidato de César, que era casi lo mismo que decir el candidato seguro del triunfo.

La palabra candidato apareció por primera vez en nuestra lengua en 1729 en el Diccionario de Autoridades. Desde entonces su significado se ha ampliado y su uso se ha extendido, como, por ejemplo, cuando en 1950 apareció candidata en el DRAE; sin embargo, se ha perdido de vista su relación con el color blanco: símbolo no sólo de la vestimenta sino de la honestidad que debía caracterizar a cualquier candidato.

En la actualidad los vemos vestidos de azul, de verde, de amarillo, de naranja o del color que represente mejor a su partido, especialmente cuando están en campaña proselitista; por ello nuestros candidatos multicolores tendrán que mostrarnos su honestidad de otra manera.

Campaña proseli…, ¿qué? Proselitista es la campaña que busca ganar adeptos, o prosélitos, a una causa que puede ser de diverso tipo, como la política. Su primer significado, no obstante, nos remite a aquel que se convierte a una religión; esto es, a un converso. La palabra es de origen griego y en esta antigua lengua designaba también a quien reside en un país en calidad de extranjero, como indicando que se convierte a las

costumbres de ese nuevo lugar.

Pero, ¿para qué quieren añadirnos a su causa los políticos? Entre otras razones, para conseguir nuestro voto, que no es otra cosa sino la expresión del convencimiento y deseo de que algo suceda o que alguien llegue a cierto cargo. En latín el primer significado de votum es el de promesa hecha a los dioses, sentido que aún se conserva en los votos religiosos o, en cierto modo, en los votos matrimoniales, que en plural se decía vota, que con un cambio inusual de “v” a “b” dio origen a boda.

Ahora las promesas las hacen los candidatos y especialmente cuando están en campaña. Estemos atentos porque cándidos no son.

Por Éricka Castellanos Moreno

Diccionario de Autoridades se llama a los diccionarios editados por la Academia de la Lengua entre los años 1726 a 1739 y en los que aparecen asentadas por primera vez las palabras de nuestra lengua con sus sentidos primigenios.

Siglas del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.