Atahualpa Yupanqui

Atahualpa Yupanqui

Seguramente la mayoría de la gente ubica a Don Atahualpa Yupanqui como músico, poeta, cantante é intérprete del folklore argentino y latinoamericano pues su obra se ha difundido largamente a través de los años y en muchos países donde este trashumante artista anduvo con su guitarra a cuestas llevando lo mejor de sus sentimientos hecho canción, pero no todos conocen su actividad como escritor, motivo de esta nota.

Son varios los títulos publicados por nuestro artista en prosa y en verso. En esta modalidad está “Coplas del Payador Perseguido” y en prosa “Cerro Bayo”, “El País de los Cerezos”; sobre sus vivencias en Japón ,”Piedra Sola”, “Tierra Hechizada”, “Hombre y Caminos”, “Versos Paisanos” y  “El Canto del Viento” con mucho de autobiográfico. Me quiero detener en este trabajo porque el autor muestra un profundo conocimiento del entorno donde transcurrió su niñez, revive con cariño y nostalgia los paisajes, personajes, así como  sus inicios con la música, primero con violín y luego con la guitarra.

Más adelante se regocija en el viaje a Tucumán donde fue trasladado su padre, trabajador del ferrocarril, y su enamoramiento con los nuevos paisajes de exuberante vegetación y altas montañas. Marcará  para siempre a nuestro autor esta tierra, a la que siempre volvía y le cantaba canciones como “Lunita Tucumana”, “Viene Clareando” y tantas otras. A medida que avanzamos páginas  del libro, nos encontramos con pequeñas joyas que nos ilustran sobre los humildes y callados habitantes de los Valles Calchaquíes, sus costumbres, su idiosincrasia, su silencio ancestral. No faltan anécdotas de las travesías por la inmensidad de la cordillera, la soledad y, nuevamente, el silencio.

El Canto del Viento

El Canto del Viento

El Canto del Viento, es una leyenda del pueblo argentino que dice: “El viento va recorriendo el país cargado con una enorme bolsa donde guarda las mejores melodías, las mas bellas canciones, los relatos mas humildes y todas las tradiciones. A veces la carga es demasiada grande y la bolsa deja caer algunas hilachitas de canto, una breve melodía, que se quedan abandonadas en la tierra. Puede pasar mucho tiempo hasta que alguien las encuentre y entonces, una vez desempolvado y brillante el motivo, es traducido por el que lo encontró, seguramente uno de esos músicos y juglares auténticos, y lo devuelve a su primitivo dueño, el pueblo que lo cobijó.” Parafraseando al gran Antonio Machado diría que: “Hasta que el pueblo no las canta / las coplas, coplas no son…”

Sería demasiado extenso y pretencioso  comentar la totalidad de este hermoso ejemplar. Solo puedo decirles que su lectura los llevará por hermosos paisajes naturales y los más bellos y profundos paisajes humanos, por lo tanto permítanme aconsejarles la lectura de este libro y tendrán una idea cabal de argentinidad transmitida por alguien que transitó a lomo de mula o caballo palmo a palmo su país.

Quiero cerrar esta nota con una breve semblanza sobre la vida de Atahualpa Yupanqui.

Nació el 31 de enero  de 1908, en el Campo de la Cruz, en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, República Argentina. Su nombre verdadero era Héctor Roberto Chavero Haram. Hijo de padre criollo y de madre vasca. A los seis años comenzó a estudiar violín con el padre Rosáez, sacerdote catalán, hasta que el maestro lo sorprende tocando una canción popular, lo que implica un castigo y el rompimiento definitivo entre alumno y maestro. Pero dos años mas tarde don Bautista Almirón, renombrado concertista de guitarra, le enseña a tocar la guitarra, instrumento que lo acompañaría por el resto de su vida.

Durante sus primeros años y a raíz del trabajo de su padre, humilde trabajador en los ferrocarriles, la familia Chavero tuvo una marcada tendencia nómada. En 1917, la familia se establece en Tucumán, hito especial en el desarrollo de su personalidad. A los trece años decide usar el seudónimo de Atahualpa Yupanqui, nombre de los últimos jefes o emperadores incas, en la época de los conquistadores españoles. Sin sospecharlo, este nombre resultó en su vida un presagio, ya que en lengua aimara significa: ..” has de cantar…”,” narrarás “, pero el cariño que despertó en el pueblo, hizo que finalmente lo identificaran con un sencillo y respetuoso “Don Ata”.

De adolescente ocupa su tiempo entre el trabajo, el estudio y el deporte: boxea, juega tenis y se hace periodista. Al fallecer su padre, lo suple, en plena juventud, como jefe de familia. Improvisado maestro en Río Tala, es también tipógrafo, cronista, vagabundo, observador, músico y poeta. En 1927, Yupanqui deja Tucumán y se traslada a Buenos Aires, desafiando a la gran urbe, sin adaptarse a la gran selva de cemento. Siempre había privilegiado el silencio, manera ancestral de los indígenas norteños, y el ruido de la Babel cosmopolita no le gusta. Tras participar en una rebelión frustrada en apoyo a Hipólito Irigoyen, derrocado presidente constitucional, se exilia en 1932 en Uruguay por espacio de dos años. Caminar se convierte en su sino, vive en Tucumán, camina y recorre quebradas sierras y llanuras, de Raco en Tucumán, a los valles Calchaquíes de Salta , Jujuy, Catamarca, La Rioja y los bosques y salitrales de Santiago del Estero y norte de Córdoba, mientras le van brotando coplas y canciones intimistas, paisajísticas, pero con hondo sentido humano. Vive entre indios quichuas, kollas, mestizos y  criollos, se traslada a lomo de mula o caballo, y mientras sigue caminando, acumula experiencia y canciones, recopila lo mejor del acervo nativo y continúa describiendo el paisaje terrestre y humano.

A los 20 años había compuesto sus primeras canciones: “Caminito del indio” y “Nostalgia tucumana”. Hacia 1934 comienza a publicar numerosas canciones y su popularidad aumenta considerablemente. La comunión carismática con su pueblo ya nunca lo ha de abandonar. Debuta en Radio Fénix y Radio El Mundo de Buenos Aires. Sus ideas marxistas no comulgaban con las del gobierno peronista de esos tiempos y nuevamente se exilia, esta vez en Francia, en 1948. Allí conoció a Edith Piaff  “El Gorrión de Paris”, otra grande de la canción popular, quien en 1950 lo presenta personalmente en el Teatro Athenea de París, dando comienzo así a un deslumbrante itinerario internacional.

Vuelve a la Argentina en 1951 luego de su periplo por Europa, que lo colmó de asombro y admiración, por los países que había conocido, demostrando que no olvidaba a su tierra y a su gente y que el éxito no estaba exento de nostalgia. Es derrocado el gobierno peronista en 1955 y la persecución política no terminó, pues el gobierno militar de entonces se manifestaba molesto por el testimonio social de sus versos. Esto hacía que se recluyera en su casa del Cerro Colorado, en el norte de la provincia de Córdoba, hasta que en 1967 decide volver a Francia para residir permanentemente.

La trascendencia de Don Ata ya había superado las fronteras de su país. Sus libros, discos y canciones eran y son utilizados para la enseñanza del folklore y literatura latinoamericana en diversas universidades. Sus conferencias y sus casi cincuenta recitales en Japón, país que se adentró muy hondo en sus sentimientos, y sus actuaciones en innumerables países,  lo proyectaron a un plano superior.

Debo mencionar que también participó en el cine con las cintas “Horizontes de Piedra”, “Viaje de una Noche de Verano”, “Cosquín, Amor y Folklore” y “Zafra”.Formalizó matrimonio con Nanette, de origen francés, y tuvieron varios hijos. Esta mujer tocaba piano y era excelente música, compuso muchas canciones con el seudónimo de Pablo del Cerro.

En la madrugada del 23 de mayo de 1992, en la ciudad de Nimes, Francia, cerró sus ojos, enmudeció su voz… Falleció Don Ata para dejar  nacer un mito. Expatriados sus restos a Buenos Aires, fueron velados en el Congreso Nacional y cremados luego en el cementerio de La Chacarita. Mientras se trasladaba el féretro por la Avenida Callao, un coro de gente madura entonaba, ahogada en llanto,” Luna Tucumana”, una de sus zambas mas emblemáticas. Luego, al pasar por el edificio de la Sociedad de Autores y Compositores (SADAYC) desde un disco su propia voz cantaba “Chacarera de las Piedras” y una lluvia de claveles caía desde los balcones.

A los pocos días, sus cenizas fueron depositadas al pié de un árbol en su casa del Cerro Colorado, en la provincia de Córdoba, (mi provincia), tal como siempre dijo y pedía: “Cuando muere un poeta, un cantor, no deberían enterrarlo bajo una cruz, sino que deberían plantar un árbol encima de sus restos. Con el tiempo, ese árbol tendrá ramas y un nido, y en él nacerán pájaros. De ese modo el silencio del poeta y cantor se volverá golondrina…”

Puedes escuchar a Ramón “El Lungo” García miércoles y viernes dentro de la programación de “El Choro Matutino.