"Diálogo por la seguridad"

El juego de un diálogo de sordos llevado a cabo por el gobierno de Felipe Calderón y al que se han prestado gobernadores, jueces, dirigentes de partidos, empresarios y hasta jerarcas religiosos, que nada estarían haciendo en el evento dado el carácter laico del  Estado, es una farsa y extendida cortina de humo que intenta encubrir ineficacias gubernamentales, corrupciones e impunidades y hacer ver también falsas preocupaciones por la inaudita violencia que invade al país.

Los culpables únicos del desastre que vivimos los mexicanos, en particular, el flagelo de la inseguridad, tienen nombres y apellidos y corresponden a quienes han detentado el poder en las últimas tres décadas. Se espantan y aparentan desafiar al monstruo que ellos mismos han creado y que opera desde las entrañas de los poderes federal, estatal y municipal. En el famosos diálogo por la seguridad convocado por Felipe Calderón en el que se han dado fingidas rasgaduras de vestiduras y  aparentes golpes de pecho nadie ha hecho mención enfática de dos lastres que tienen al país postrado: la corrupción y la impunidad, fenómenos inherentes al sistema político  ante los cuales, no hay atisbos que hagan presumir que habrá acciones para su combate. Para todos queda claro: el combate a la delincuencia y crimen organizado va de la mano con el combate a la corrupción e impunidad. Sin el segundo, no tiene lugar el primero.

No es nuevo el estribillo de que la “guerra de Calderón contra el narcotráfico” está perdida y como lo han dicho opiniones sensatas, mientras no se modifiquen estrategias y políticas que ataquen severas injusticias sociales, el cáncer de la violencia e inseguridad continuará invadiendo el cuerpo de la república. No será con diálogos que miran más a lo mediático que a la efectividad con lo que se minará el baño de sangre que padece el país. Los hechos hablan. En los momentos en que se dialoga escuchándose inocuos discursos de políticos que intentan justificar ejercicios de gobiernos tan ineficaces como corruptos tienen lugar en diversos estados, asesinatos, levantones, tiroteos entre militares y delincuentes, en suma una guerra que al parecer no tiene fin. Un hecho irrebatible: la decisión, con miras de legitimación, de sacar al ejército a las calles para combatir al narco no solo ha resultado un fracaso, sino que ha sido contraproducente dado el actuar represivo de elementos  tanto el Ejército como de la Marina que ha generado “daños colaterales” que ha sufrido la población civil.

En Morelos, como en otras entidades, parece que la violencia ya es parte de lo cotidiano, ya se ve como fenómeno natural y ante ellos las autoridades panistas ni sudan ni se acongojan. Sólo aconsejan a ciudadanos que se cuiden (solos) y que no se expongan a situaciones de peligro. El gobernador Adame solo repite que hay que apoyar las medidas tomadas por el gobierno federal y que el problema de la inseguridad es responsabilidad de todos, no sólo de los gobernantes. Una salida que deja al descubierto, desinterés, conformismo y por supuestos ineficacia de políticas para garantizar la seguridad. Para los gobernantes morelenses todo es miel sobre hojuelas: los hechos de sangre cotidianos, levantones, decapitados y colgados en puentes no les quitan el sueño. Menos las condiciones de sobrevivencia, de miseria y pobreza de habitantes de estas tierras. Su papel es “nadar de  muertito”, seguir gozando de suculentas dietas y en el eterno  pleito por el poder hallándose en este enjuague todos los políticos en los frentes en que se atrincheran.

Isaías Cano Morales

chay_cano@hotmail.com