Nos pusimos de acuerdo y nos veríamos en punto de las doce de la noche en el monumento a la bandera, que se encontraba precisamente en el centro de la entusiasta colonia Del Vergel. Corría el año de 1964 y los mayores de edad, que al fin y al cabo eran los que tocaban los instrumentos, establecerían el recorrido. Todo empezaba con el hecho de salir por la ventana de nuestra casa con el mayor de los sigilos y aunque nuestros progenitores se daban cuenta de la huída, se hacían los desentendidos en una franca complicidad pues sabían perfectamente que ésa noche recibirían la serenata del “Día de las Madres”.

-¡Despiertaaaaaa, dulce amor de mi vida,despiertaaaaa, si te encuentras dormida!- cantábamos todos desentonados al pie de la ventana de nuestras respectivas mamás. Y el momento de culminación de nuestra emoción era cuando nuestra madre salía por la puerta y nos ofrecía sus brazos para estrecharnos con todo ése amor y con toda esa ternura que solo ésas mujeres, hechas de una madera muy fina podían hacerlo. Entre bromas y relajo, que era roto tan sólo por la solemnidad con la que nuestros mayores tomaban el evento, terminábamos cerca de las ocho de la mañana, hasta que la última madre del último de los participantes había recibido sus tradicionales mañanitas. Al día siguiente, los que ya habían comprado regalo, tan solo daban cumplimiento a la entrega del mismo, en tanto los que estábamos un poco más jodidos, esperábamos el último momento del día festivo, a sabiendas de que los precios bajarían considerablemente.

Cerca de las seis de la tarde del mismo día 10 de mayo, nos trasladábamos hasta los pasillos del antiguo Mercado Juárez abarrotados de puestos, que por la ocasión ofrecían todo tipo de baratijas, envueltos en el tradicional papel celofán de colores muy intensos azules, rojos, morados y amarillos. -¿Que vas a comprar negro?- me pregunto el que tenía el cutis lleno de barros. -Me está gustando la jarra con los vasos- le dije al tiempo que le señalaba una jarra nalgona, con seis vasos y orquídeas estampadas alrededor de cada pieza, sustentada en una base de cartón envuelta con papel aluminio plateado, cubierto el conjunto con un celofán transparente amarrado con tremendo moño color azul cielo en la parte superior. -¿Cuánto cuesta la jarra señora?- interrogué a la dependienta. -¿La vas a comprar?- me dijo irónica. -¿A qué sabe el pan de huevo señito?- respondí molesto por la duda ofensiva. -Doce pesos- afirmó, ahora si interesada. -Pues ahora no se la compro, para que no ande dudando de la calidad de la melcocha- grite al tiempo que salíamos de prisa del lugar, temerosos de que nos agarraran a cachetadas. Entre ésa enorme romería y con paupérrimo presupuesto nos pasábamos el resto de la tarde, adquiriendo al final lo que para nuestro gusto era lo que iba a disfrutar con agrado nuestra madre.

Aquella noche llegué con un par de medias de hilo muy gruesas y la jarra que compre en otro puesto a menor precio, y para acabarla de fregar lo único que conseguí fue que mi madre rompiera en llanto, al tiempo que me llenaba de bendiciones. Lo que en éstos días resulta chocarrero, cursi y anticuado, era un apostolado para los que vivíamos con entera calma en ésas décadas. Lo que en la actualidad es utilizado para eventos populistas y de evidente contenido político por nuestros gobernantes, era para aquella población de cincuenta mil habitantes, sinónimo de respeto, admiración y reconocimiento para aquellas mujeres que estaban dispuestas a cualquier sacrificio en aras del amor que sentían por un hijo. Fui afortunado al conocer a muchas madres de familia de Cuauhnáhuac; de convivir con otras tantas por la relación fraternal con sus hijos y recibir el cariño de muchas que me consideraban parte de la familia; y por supuesto el de mi propia progenitora, mujer valiente, trabajadora, tenas y entusiasta, que de una u otra forma lo mejor que le dio a sus hijos, fue un ejemplo de honestidad y respeto por la vida. Vaya mi respeto y el más amado de mis recuerdos para mi madrina Rita Buenrostro de Reyes, Guadalupe Lozada Morquecho, Ángela Frikas de Jaramillo, María Julia Hernández de Martínez, Coty Vázquez de Gándara, y Luisita Alatorre de Cornejo. Mi cariño y corazón para Josefina Rodríguez de Dávila y Graciela Dávila de Cinta. Mi amor eterno para doña Mari Flores, y para todas las mujeres que con ésa calidad, forjaron con su entrega, una sociedad próspera, honesta y trabajadora. Conformaron decisivamente la identidad de Cuauhnáhuac, que como promesa y premisa habremos de recuperar en beneficio de las generaciones que nos suceden.