Nava y Ortega

Nava y Ortega

Quién iba a decir que el otrora poderoso partido de izquierda PRD que peleó de tu a tu la presidencia de la República en el 2006, la que a la mala le fue arrebatada a su candidato AMLO por la confabulación del poder político y económico, ahora se encuentre en condición de partido adherente, testimonial, pues no fue otro el papel que jugó en las elecciones del domingo 4.

Reconociendo la dirigencia perredista que el partido que mal conduce ha perdido fuerza y presencia política siendo ésta reducida a su mínima expresión consideró unir su capital electoral con quien fuera, PAN o PRI lo mismo daba, conformándose con ser “cola de ratón”. Para encubrir pobrezas de resultados en la contienda reciente, los “chuchos” junto con Manuel Camacho han festejado declarativamente los triunfos electorales que la alianza del PAN con PRD Convergencia y PT obtuvo en tres entidades el 4 de julio, pues para ellos, abollar el “carro completo” priista significa ir adelante en su plan aliancista sin mirar los costos políticos de una izquierda llamada a figurar en de lucha electoral con presencia e identidad propias como fue en el 2006. A la luz de tristes realidades tras el episodio político recién vivido el PRD ha perdido identidad, imagen y autoridad ante la claudicación de principios por decidir aventuras electoreras con quienes históricamente han sido sus contrarios en términos ideológicos.

La lucha por migajas de poder sin importar banderas desteñidas se hace evidente cuando el pragmatismo domina estrategias y tácticas electorales, ello al apoyar ya a candidatos panistas o tricolores a cargos públicos representativos de proyectos distintos a los que ha caracterizado a la izquierda. Esto al parecer para la tribu “chuchista” pasa a segundo término privilegiando negociaciones que garanticen cotos de poder con quienes representan la involución histórica y son responsables de la debacle del país.

Salvo las cúpulas de grupos oportunistas que controlan a un debilitado PRD, las mayorías militantes y simpatizantes del partido se hallan desilusionadas, confundidas y perplejas ante un panorama que hace palidecer esperanzas de cambios verdaderos hacia un país distinto al que hoy tenemos. La izquierda perredista, en su momento opción de reivindicación social ha sido desmantelada y llevada aposiciones de claudicación e ignominia convertida en moneda, de negociación vergonzosa y hasta de chantaje ante el poder conservador. Ahí se tiene a un PRD que defiende programas de gobierno de derecha ya del PAN o del PRI.

Salvo en Oaxaca, los candidatos que la alianza perreanica abanderó no tienen ninguna identificación con programas y perfiles de gobiernos progresistas. Qué garantizan Moreno Valle en Puebla y Mario López Valdez en Sinaloa el primero panista-elbista y el segundo priista, para que los habitantes de estas entidades esperen formas de gobernar distintas a las que por décadas han padecido.

Se recibió con beneplácito que en Oaxaca cayera el candidato de Ulises Ruiz, lo mismo en Puebla con la derrota de Mario Marín, dos sátrapas, empero el PRD no puede ostentarse como quien decidió triunfos aliancistas. Quién no sabía del repudio y rechazo de oaxaqueños contra el represor y corrupto de Ulises Ruiz y de la desaprobación de la conducta como gobernante de poblanos contra Mario Marín. En mucho ahí radican los triunfos de Gabino Cué Monteagudo en tierras oaxaqueñas y de Moreno Valle en las poblanas. Algo semejante ocurrió del triunfo de Malova en Sinaloa. Los votos ciudadanos decidieron no los partidos.

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